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Malintzin 17 (2022), de Mara Polgovsky y Eugenio Polgovsky

Actualizado: 12 ago

“La ciudad se volvió paisaje”

Por Lucas Greco



Malintzin es una calle ubicada en Coyoacán, Ciudad de México. “17” es la altura del departamento donde se filma a un pájaro empollar un huevo cuyo nido se encuentra entre cables de tensión. Allí, permanece inmóvil cuidándolo entre una urbanidad que se siente no sólo desde su carácter geográfico sino desde su dinámica social de la rutina de sus habitantes y la recolección de sus residuos. La cámara, entonces, se posiciona desde una perspectiva doméstica capaz de mostrar aquello que registra sin matices, efectos o explicaciones.

Quien filma es el padre de una niña y juntos observan desde la ventana de su casa esta expresión de supervivencia y adaptación. El retrato minimalista hace que la confluencia de las tres vidas genere modos de pensar la naturaleza y la ciudad. Es en la proximidad de la llamativa escena que surgen diálogos entre ambos sobre la relación entre la tierra y los seres humanos. Si se entiende la elección del pájaro de elegir ese lugar estratégico, alejado de los árboles ya que recientemente habían talado uno por la zona, y a resguardo del ataque de las ardillas, la reflexión sobre la adecuación se torna inherente a la propia representación evidenciada por la cámara. La imagen no se circunscribe solamente a esa ventana que es el umbral con el afuera, también sale y recorre terrazas revelando una decena de antenas de televisores que reflejan el contacto de la sociedad con el exterior. Ese contacto desprendido de todo sentimiento se mimetiza en los cables que conectan las antenas con las casas, y donde la paloma elije como lugar para poder reproducirse. Entonces, la adaptación de los animales al tener que vivir en una ciudad confluye en la esencia que desprende la imagen al mostrar un pájaro en su nido.

Sin embargo, también está la visión de la niña, como generación futura, que comprende al animal sobreviviendo en ese entorno de ciudad donde hay un poquito de naturaleza. Le deja agua y comida en el alféizar y la observa con cierta empatía y curiosidad. El contacto real y palpable, movida también por las preguntas que le hace su padre, hace que reflexione a su simpática manera sobre aquel medio ambiente que la circunda.

Algo que le da dimensión al retrato es todo aquello que lo rodea y le dota de perspectiva. La rutina de personas paseando a sus perros, de vendedores ambulantes, de simples transeúntes y de los recolectores de basura se desenvuelven en un hábitat que se ha transformado y reconfigurado sobre patrones que le son externos y ajenos. Pero que sabe mantener su esencia entre los árboles que cercan las casas, las ardillas que corren por los cables de tensión, los pájaros y las flores.

Si para Walter Benjamin, al reflexionar sobre los paseantes, señalaba que <<la ciudad se volvió paisaje>> (1) este cuadro minimalista presenta, desde su individualidad, las sutilezas de las relaciones de la sociedad con la naturaleza que la envuelve y que también habita. Porque si hay una cámara, puede haber paisaje aún desde la cotidianidad misma de quien registra y reflexiona sobre su entorno. Todo esto, siempre, ante las atentas miradas del sol y la luna.

(1) Benjamin, Walter, “El sueño del paseante” en La tarea del crítico, Eterna Cadencia Editora, Buenos Aires, 2017.


Para leer el artículo original publicado en https://caligari.com.ar/ haga click aquí.

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